Las instituciones, de cualquier índole, deben controlar a las personas, y orientarlas con el fin de cumplir objetivos para un supuesto bien común. Bajo estos operantes, las instituciones, como organismos sociales (ya sean políticas, educativas, artísticas, religiosas, etc ) se estandarizan como conjunciones de normas, a veces tan violentas, que diluyen los comportamientos humanos naturales, en una serie de movimientos que concluyen en restricciones culturales. Es por ello que, por ejemplo, “culturalmente”, no solo no es posible gritar dentro de un Museo, sino que es necesario hablar de cierta manera (y de ciertos temas), y es por ello también, que no es posible gritar dentro de una Iglesia, sino que es necesario hablar de cierta manera (y de ciertos temas); temas que han sido inculcados dentro de la misma institución, y que, por ende, se deben conocer estando dentro de ella.

La institución se forma entonces, como una máquina aparentemente educativa, que en realidad transforma y muta a la persona, la invita a ser dominada, restringida y presa. Sin embargo, esta neutralización física y mental, se desenvuelve en una noción errada de la institución como ente superior.
Quiero referirme en este aspecto, específicamente al caso del Museo como organismo socio-cultural, como espacio neutro que contiene aglomeraciones de tiempo en forma mercantil de arte, en obras intocables e inmutables que le exigen al inesperado espectador, pleitesía. Aquí, la obra de arte, no se renueva, pero, tal como un objeto sagrado en un altar, adquiere un aura especial, que ha superado las manos de quien la creó, se vuelve eterna e incorrupta, y ese espectador, al entrar en contacto con ella, corre el riesgo moral de corromperla. Igual que en una Iglesia, el fenómeno social llamado lugar, se ha convertido en un fenómeno material; el arte se vuelve un mito en una institución que crea así, conductas contemplativas.
El cuerpo espectador, debe salir de su inercia. Al entrar al Museo ha transmigrado a un espacio que lo limita. ¿Cómo despertar a cuerpo nuevo? ¿Cómo lograr que se vea reflejado en este nuevo espacio? ¿Cómo reaccionar para volver a ser carne y mente?
El cuerpo perdido tiene que tomar conciencia del tiempo, de su misma materia, de sus huellas y por ende, de su misma existencia, para notar que ha terminado obedeciendo a la creación que en un principio, ideó para ordenar.
